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Sinestesia en el laboratorio: moscas que huelen la luz

Apuesto a que os habréis sorprendido tanto como yo anoche, cuando leí el titular de una publicación de Nature NewsFruitfly larvae smell the light”. Pero es algo mucho más simple de lo que parece, al reflexionar un poco sobre ello. Al fin y al cabo, ¿qué es el olor? Como otras sensaciones, no es más que la decodificación y el procesamiento de señales eléctricas interpretadas por algún ganglio cerebral, sea el de un mamífero, sea el de una mosca. Y es posible caracterizar esta percepción por su entrada (el estímulo y las vías nerviosas ascendentes) y la respuesta que se desencadena (la propia sensación y el comportamiento posterior). El olor para una mosca, por tanto, viene dado por la despolarización de sus neuronas olfativas, que a su vez depende de la detección de una molécula volátil por parte de un receptor de membrana.

Recientemente, un grupo compuesto por investigadores de varias universidades alemanas ha utilizado moscas que expresaban en sus neuronas olfativas receptores de luz (un canal de cationes dependiente de rodopsina-2 o una adenilato ciclasa fotoactivable). ¿No es ésta una manera asombrosamente simple y elegante de modificar la percepción del universo de un ser vivo?

El estudio se basaba en varios ensayos comportamentales de las larvas de Drosophila melanogaster, que suelen presentar una fuerte respuesta fototáctica negativa, especialmente a la luz azul. Así, en un principio, expresando los receptores de luz en todas sus neuronas olfativas, las larvas transgénicas mostraban una repulsión significativamente menor por el estímulo lumínico. Es decir: “encuentro molesto el exceso de luz, pero… ¿y lo bien que huele?”.

Izquierda: recorridos de 12 larvas salvajes en presencia de luz a 480 nm. (zonas blancas) y en zonas menos iluminadas (zonas grises). Derecha: recorridos de 12 larvas transgénicas que expresan ChR-2 (canal de cationes regulado por rodopsina) en todas las neuronas olfativas.

En cambio, al expresar estos receptores en neuronas individuales, la respuesta podía ser tanto atractiva como repelente, como cabía esperar. De hecho, al expresar los receptores en neuronas que detectan estímulos negativos, y presentar a las larvas la alternativa de elegir entre luz y acetato de octilo (una molécula que les causa una fuerte sensación de repulsión), éstas preferían huir del ‘mal olor’ de la luz.

En definitiva, se trata de una serie de experimentos muy originales que pueden ayudar a establecer un nuevo modelo de estudio para la percepción olfativa, un fenómeno tremendamente difícil de analizar.

Por supuesto, suscita una serie de preguntas muy interesantes: ¿podríamos hacer que la luz oliese a menta? ¿Cómo de intenso sería este olor?

Y, como decían en aquel famoso anuncio: ¿a qué huelen las cosas… que no huelen?