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¡Poyéjali!

12 abril, 2011 4 comentarios

La necesidad de conmemorar el 50º aniversario del primer vuelo humano al espacio y la lectura de la entrada 50 años de Gagarin. Y ahora, ¿qué? en la Pizarra de Yuri han sido los catalizadores de la frenética escritura de las líneas que siguen a este breve párrafo introductorio.

Actualmente estamos viviendo un periodo histórico trascendental. Nuestro futuro como especie depende en gran medida de las decisiones que tomemos en los próximos años. Nuestra situación actual es aterradoramente semejante a la de las últimas décadas de la civilización polinesia de la isla de Pascua. Una situación que ya fue predicha por el reverendo Malthus a finales del siglo XVIII. Sin embargo, a las crisis derivadas del problema de la superpoblación y la limitación de los recursos planetarios hemos de añadir los desmanes de un sistema económico generador de sufrimiento humano innecesario. Un sistema que se opone a las necesidades e intereses de la humanidad, y que limita su desarrollo científico-tecnológico, y que en última instancia constriñe su potencial de supervivencia.

El nivel tecnológico actual es insuficiente para escapar del planeta cuna cuando la degradación ecológica se haga intolerable para el grueso de la población. Estamos tan atrapados como los habitantes de la isla de Pascua cuando talaron los últimos ejemplares de la palmera gigante Paschalococos y tuvieron que recurrir al canibalismo. Solamente pensar en ese futuro de decadencia, miseria y muerte me produce escalofríos. Me estremece pensar en el olvido de nuestra especie. Analizando ese sentimiento, llego a la creencia de que una de nuestras necesidades básicas, junto al ansía de pan, refugio, reproducción, y por supuesto felicidad, es la de sentirnos parte de un proyecto sostenible. Algo que continúe cuando seamos pasto de los gusanos. Eso nos crea una sensación de estabilidad y satisface el deseo de que los esfuerzos de nuestras cortas vidas no se pierdan en el olvido y entren a formar parte de un programa con resonancias futuras. La necesidad de sentirnos parte del flujo de la Historia puede llegar a ser tan básica y desesperada que nos horroriza pensar en la detención de ese flujo.

Es el momento de actuar, de luchar para que ese flujo no se detenga. Sin duda, el desarrollo científico y tecnológico es esencial para abordar los problemas que nos aquejan. Es por tanto el momento más que nunca de invertir en I+D y de acabar con la ignorancia científica y el anumerismo dominantes. Una educación científica de calidad es imprescindible para tomar decisiones racionales y acertadas de carácter técnico encaminadas a solucionar las crisis a las que nos enfrentamos. Del mismo modo que decisiones de este tipo, tan cruciales para nuestro futuro, no pueden seguir recayendo en manos de ignorantes, tampoco pueden recaer en cretinos, mezquinos y egoístas. También es crucial que no demos la espalda al cosmos que nos ha visto nacer en este pequeño y hermoso planeta, como ya expresé en la entrada El último gran viaje. Proseguir la senda iniciada por Yuri y aquellos que hace 50 años posibilitaron que fuera el primer hombre en realizar un vuelo al espacio es un requisito imprescindible para asegurarnos un futuro como especie y civilización. Sin embargo, creo que no es suficiente. Si trasladamos el predatorio e irracional modelo capitalista de consumo de recursos al espacio, acabaremos generando nuevas crisis similares a las que nos aquejan actualmente, pero a otra escala.

Me excita imaginar ese futuro que nos espera si demostramos ser capaces de construirnos una oportunidad en las próximas décadas. Supongo que esa excitación en parte proviene de la lectura de tanta ciencia ficción, lo que me ha permitido hacerme una idea parcial del tremendo potencial que la especie Homo sapiens tiene de generar diversidad biológica y cultural entre las estrellas. Sin embargo, estoy convencido de que para salir de este atolladero en el que nos hemos metido en los últimos siglos nos espera un camino que estará pavimentado con blood, toil, tears, and sweat.

¡Poyéjali! Las estrellas nos esperan.

Categorías:Exploración espacial

Las flores del futuro

29 septiembre, 2010 26 comentarios

Science is my territory, but science fiction is the landscape of my dreams.

Freeman Dyson

La ciencia ficción, un género literario que nos permite explorar infinitos futuros concebibles desde una perspectiva imaginativa asentada en la ciencia, debería ser frecuentada por todos los científicos. En mi opinión, constituye una poderosa herramienta para especular en torno a la tecnociencia y su impacto social. Además de su vertiente puramente lúdica, sus capacidades prospectivas, admonitorias, alegóricas, experimentales y didácticas son realmente sorprendentes. Me atrevería a decir que las obras especulativas de ciencia ficción a menudo aportan más intuición sobre los mundos pasados y futuros que cualquier tratado sociológico, porque la intuición requiere imaginación.

La ciencia ficción nace ya con todas sus características actuales de la genial mano de Herbert George Wells (1866-1946). A pesar de una infancia dickensiana, este man of genius logró abrirse camino en el mundo académico gracias a su preclara inteligencia que le permitió estudiar biología con Thomas Henry Huxley. En 1895 publicó The Time Machine y le siguieron en rápida y prodigiosa sucesión The Island of Doctor Moreau (1896), The Invisible Man (1897), The War of the Worlds (1898) y The First Men in the Moon (1901). No conozco de otro literato que escribiese tantas obras maestras en tan poco tiempo. Obras que han encendido la imaginación de generaciones enteras. Borges llegaría a escribir “De la vasta y diversa biblioteca que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces. The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos… [Espero sinceramente que lo fueran] Pienso que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien los escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritos[1].

Edición anotada de Penguin Classics (2005)

Este año se han cumplido 115 años de la publicación de una de sus mejores creaciones, The Time Machine, y que este verano he tenido la oportunidad de volver a leer, esta vez en versión original. Se trata sin duda de una de las más sombrías visiones del futuro humano que se hayan imaginado. Escritores posteriores como Aldous Huxley (nieto del profesor de Wells) o George Orwells escribirían sus propias visiones desagradable del futuro, pero en mi humilde opinión ninguna iguala a The Time Machine como obra de arte. En ella el Viajero del Tiempo se encuentra con que en el año 802.701 E.C. la especie humana ha divergido en dos especies antagónicas. Elois y Morlocks. Los Elois son bellas criaturas frugívoras de naturaleza infantil, pero estúpidos, débiles e inútiles. Los carnívoros Morlocks, repugnantes criaturas albinas que viven en laberínticas y mecanizadas ciudades subterráneas, crían a los Elois como a ganado en una superficie que ha devenido un paraíso terrenal gracias a la aplicación sistemática del conocimiento científico en un pasado ya mítico. En las noches sin luna, los Morlocks salen a la superficie y bajo la débil luz de las estrellas devoran a los atemorizados Elois que tratan de refugiarse inútilmente en gigantescos, pero decadentes palacios. El Viajero del Tiempo finalmente regresa del porvenir trayendo dos flores marchitas que florecerán al cabo de milenios, unas flores que dieron mucho que pensar a Borges. “Más increíble que una flor celestial o que la flor de un sueño es la flor futura, la contradictoria flor cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no se combinaron aún” escribió el argentino[2].

Morlocks en la versión fílmica de George Pal (1960)

El propósito de Wells con esta dramática novela no era predecir, sino advertir. Utilizando su talento como escritor, imaginó posibles futuros para ampliar nuestra cosmovisión, pero también para cargarnos de responsabilidades de índole moral. Wells fue el primer escritor que sitúo a sus protagonistas, con sus pasiones y debilidades, en el contexto de la evolución darwiniana, combinando su comprensión del alma humana con su abierta hostilidad hacia los atavismos de nuestra especie. En su opinión, una especie imperfecta cuyas flaquezas internas, más que las calamidades externas, podían abocarla a un trágico final. Lo cierto es que Wells estaba profundamente enfurecido con nuestra especie por sus locuras, especialmente con el capitalismo cuyas miserias había sufrido en sus carnes bajo la forma del sistema de clases victoriano. Un sistema en el que los desheredados se veían arrastrados a una vida de ignorancia, brutalidad y fealdad, y en el que los refinamientos de la cultura y el arte eran territorio exclusivo de los indolentes burgueses. Wells advertía a sus lectores, principalmente de las clases altas, de que la iniquidad de su sociedad los conduciría a un mundo horrible de crueldad extrema. Realmente es imposible conocer si la pluma de Wells consiguió cambiar directamente algo las cosas, pero me gustaría pensar que si. Desde la publicación de The Time Machine, un éxito de ventas, y hasta su muerte en 1946, Wells se convirtió en uno de los escritores más leídos sobre temas sociales en Inglaterra. Durante esos 51 años abogó incansablemente, junto a sus colegas de la Fabian Society, por el socialismo, la ciencia, el progreso tecnológico y los derechos de la mujer. Wells fue sin duda an important liberator of thought and action en palabras de Bertrand Russell.

El futuro es impredecible, pero quiero creer que no nos espera ninguna pesadilla similar a las imaginadas por Wells. Espero que aquello que hay de noble en nosotros (en innumerables momento dudo de esa nobleza pero entonces leo alguna historia similar a ésta y me convenzo, iluso de mi, en lo contrario) acabe prevaleciendo sobre nuestros demonios. Os dejo con las palabras finales del narrador de The Time Machine, y con su confort:

But to me the future is still blank –is a vast ignorance, lit at a few casual places by the memory of his story [la del Viajero del Tiempo]. And I have by me, for my comfort, two strange white flowers –shrivelled now, and brown and flat and brittle- to witness that even when mind and strength had gone, gratitude and a mutual tenderness still lived on in the heart of man.


[1] “El primer Wells”, en Otras Inquisiciones.

[2] “La flor de Coleridge”, en Otras Inquisiciones.

Categorías:Biografías, Libros

¿Os apetece una cerveza homeopática?

13 junio, 2010 2 comentarios

Aquellos de vosotros que queráis reiros un rato de la homeopatía ved el siguiente video del programa británico That Mitchell and Webb Look, y aquellos que penséis que los que se ríen de ciertas pseudociencias hoy son los mismos que se rieron de Aristarco de Samos, leed lo que dijo Carl Sagan al respecto:

“But the fact that some geniuses were laughed at does not imply that all who are laughed at are geniuses. They laughed at Columbus, they laughed at Fulton, they laughed at the Wright brothers. But they also laughed at Bozo the Clown.”

No al máster de homeopatía en la Universitat de València (véase la entrada de Dani T.: Máster en hacer el paripé).

Categorías:Humor, Pseudociencias, Videos

Alegato transhumanista

3 junio, 2010 6 comentarios

La entrada previa de Dani T. me ha hecho recordar uno de los mejores discursos pronunciados en la serie Battlestar Galactica (2004), el del odioso hermano Cavil (Número Uno):

I saw a star explode and send out the building blocks of the Universe. Other stars, other planets and eventually other life. A supernova! Creation itself! I was there. I wanted to see it and be part of the moment. And you know how I perceived one of the most glorious events in the universe? With these ridiculous gelatinous orbs in my skull! With eyes designed to perceive only a tiny fraction of the EM spectrum. With ears designed only to hear vibrations in the air. I don’t want to be human! I want to see gamma rays! I want to hear X-rays! And I want to – I want to smell dark matter! Do you see the absurdity of what I am? I can’t even express these things properly because I have to – I have to conceptualize complex ideas in this stupid limiting spoken language! But I know I want to reach out with something other than these prehensile paws! And feel the wind of a supernova flowing over me! I’m a machine! And I can know much more! I can experience so much more. But I’m trapped in this absurd body!

[Vimeo 5696363]

También os recomiendo la visita del blog Francis (th) E mule Science’s News para observar algunos videos de los primeros milisegundos de una explosión supernova, aunque os tendréis que conformar con ver “uno de los eventos más gloriosos del universo” bajo la forma de una “burda” simulación.

Categorías:Evolución, Otros, Videos

Divulgando pseudociencia

Si Eduard Punset ya me parecía un divulgador muy malo por su propensión a fantasear de forma hiperbólica y a malinterpretar resultados científicos, con lo que he podido leer en las entradas de los blogs que os enlazo, ahora me resulta bastante preocupante el poder para desinformar sobre ciencia que ha adquirido este personajillo de habla pausada. Especialmente cuando leo en El País que este Sant Jordi sus libros han encabezado las listas de ventas de no ficción. De hecho, sus escarceos  con la pseudociencia no son algo nuevo, ya en 1998 le dijo al doblador de cucharas Uri Geller (mucho después de haber sido desenmascarado por el mago James Randi): “Tú eras un pionero y ahora esto es ciencia, ciencia pura” en un programa de Redes que como ha advertido Mauricio-José Schwarz en El retorno de los charlatanes, curiosamente está ausente de la lista de emisiones de Redes (buscad por el 13 de febrero de 1998). Visto el panorama, hacen falta urgentemente divulgadores que lleguen al gran público de la calidad del recientemente fallecido Martin Gardner (padre de la magnífica The Annotated Alice y gran amigo de Randi) que combatan la pseudociencia y no la confundan con ciencia. Leed y asustaros:

Luis Alfonso Gámez en Magonia: Eduard Punset apuesta por la acupuntura y la energía “qui” en su nueva sección de “Muy Interesante”.

Mauricio-José Schwarz en El retorno de los charlatanes: Punset, esoterismo con piel de buen rollo; Punset y los problemas de la divulgación.

El último gran viaje

21 mayo, 2010 4 comentarios

La Tierra es la cuna de la Humanidad, pero no se puede vivir siempre en la cuna

Konstantin Tsiolkovsky (1857-1935), padre de la astronaútica rusa

Ante el indómito y glacial paraje antártico, el irlandés Shackleston diría que su exploración era el último gran viaje que le quedaba por hacer al hombre, pero se equivocaba. El universo blanquecino del hielo ignoto no representaba la última frontera, sino que este título habría de adjudicárselo el azabache del espacio profundo, la sangre reseca de los desiertos marcianos y las gigántescas nebulosas de los vacíos galácticos por nombrar algunas de las muchas maravillas que nos aguardan en los inmensos salones del cosmos (espero que los horrores del estilo de los berserkers de Saberhagen sean escasos).

El 4 de octubre de 1967, con el lanzamiento del Sputnik, los rusos darían comienzo a una nueva era. La humanidad se embarcaba en un proyecto capaz de redimirla de los errores cometidos en el pasado. Los cohetes que hasta entonces habían sido utilizados sólo como mísiles con el objetivo de segar el mayor número de vidas posibles serían ahora las naves espaciales encargadas de proporcionarnos el camino hacia el cielo. Hubo héroes que pensaron que por la conquista del espacio bien valía la pena arriesgar la vida. Creo que no se equivocaban.

Ahora, tras estos largos años de experiencia, nos encontramos ante la disyuntiva de proseguir el camino recorrido o de dar la espalda a los asuntos del universo que nos ha alumbrado (véanse tesis de Jorge Riechmann [1]). Nuestra es la decisión e independientemente del camino por el que nos decantemos, nuestra elección tendrá consecuencias cósmicas que no podemos eludir. Personalmente considero que sería una pena que 15.000 millones de años de evolución cósmica, que es lo que ha tardado la materia en interrogarse sobre sí misma, se deshicieran en el calor de una colisión cometaria o en el caos de la degradación ecológica del planeta cuna. Soy de la opinión de que deberíamos tomar precauciones y expandirnos por el sistema solar, para asegurarnos de que pasase lo que pasase sobreviviera algo de la humanidad. La idea de cercenar nuestro futuro, es tan contraria al impulso animal de supervivencia que apenas puedo concebirla sin incrédula repugnancia. Debemos asegurarnos de nuestra supervivencia, para que todos nuestros esfuerzos como especie no se pierdan en el olvido (“como lágrimas en la lluvia” como dijo el replicante) y entren a formar parte de un proceso perdurable de resonancias futuras.

La foto que he puesto es una de mis favoritas. Esta vista de nuestro bello planeta orlado de nubes elevándose sobre el horizonte de la Luna fue tomada desde la nave espacial Apollo 11. Además de su belleza, me atrae el poderoso contraste con el terreno de la región lunar del Mar de Smyth. La impresión de fragilidad de una pequeña biosfera y una menospreciable civilización tecnológica emergente en un entorno  vasto, estéril y hóstil es sobrecogedora. Nuestro planeta se desplaza  a través de ese entorno unos 2,5 millones de kilómetros cada día alrededor del Sol; ocho veces más rápidamente todavía alrededor del centro de la galaxia Vía Láctea, y quizás todavía el doble de rápido al caer la propia Vía Láctea hacia el cúmulo de galaxias de Virgo. Como dijo Carl Sagan ante esto: hemos sido desde siempre viajeros del espacio. Os dejo unos videos con la música del inigualable Mike Oldfield para acompañar nuestra salida de la cuna.



[1] Riechmann, J. (2004). Gente que no quiere viajar a Marte: ensayos sobre ecología, ética y autolimitación. Los Libros de la Catarata, Madrid.

Explorando la metáfora del bricolaje

If a man were to make a machine for some special purpose, but were to use old wheels, springs and pulleys, only slighted altered, the whole machine, with all its parts, might be said to be specially contrived for that purpose. Thus thought nature almost every part of each living being has probably served, in a slightly modified condition, for diverse purposes, and has acted in the living machinery of many ancient and distinct specific forms.

(Darwin, 1862)

On the Origin of Species no fue el último trabajo original que publicó Charles Darwin antes de morir, sino que tras el gran éxito de su obra más conocida e impactante, publicó diversos trabajos que trataban en detalle aquellas cuestiones que sólo habían quedado apuntadas en lo que el llamó el “resumen” de su teoría. Entre estos libros, tenía uno dedicado a la fecundación de las orquídeas por insectos publicado en 1862 y reeditado en 1886 bajo el título On the various contrivances by which British and foreign orchids are fertilised by insects and on the good effects of intercrossing [1]. En esta obra, Darwin estudió los diversos “artilugios” (contrivances) desarrollados por las orquídeas para evitar la autopolinización y favorecer la alopolinización. En todos los casos, estos intricados dispositivos estaban elaborados a partir de los componentes comunes de las flores vulgares, partes habitualmente utilizadas para funciones muy distintas. De este modo, quedaba de manifiesto, que las orquídeas no son obra de ningún ingeniero ideal que hubiera diseñado una hermosísima máquina, sino que son sólo ajustes provisionales hechos a partir de un juego limitado de piezas disponibles. En resumen, en esta bella obra, Darwin lucha contra el argumento de la creación perfecta e ingenieril, y subraya  las imperfecciones estructurales y funcionales del mundo vivo.

En los últimos treinta años, Jacob ha popularizado esta dinámica del proceso evolutivo con la metáfora del bricoleur [2]. Para el biólogo francés, la actividad que más se parece al funcionamiento de la evolución no es la del ingeniero, sino la de un “chapuzas”. En en sus propias palabras: “la naturaleza es una magnífica chapucera, no un divino artífice”. El trabajo de la persona que hace bricolaje se opone en efecto al del ingeniero: mientras el segundo crea la estructura mejor adaptada a su proyecto, el primero toma lo que tiene en mano y cambia la función primaria de ciertos objetos para adaptarlos a sus objetivos con mayor o menor éxito. Como ya hemos visto en la cita que abre este post, Darwin fue el primero en hablar en términos parecidos de la acción de la selección natural en su libro sobre las orquídeas, pero este uso pasó desapercibido y el mérito de su popularización se debe sin duda a Jacob. La metáfora refleja muy bien el hecho de que la evolución no produce novedades desde cero. Funciona con lo que ya existe, bien transformando un sistema para darle nuevas funciones, bien combinando varios sistemas para producir uno más elaborado. El biólogo teórico Diego Rasskin ha denominado “el desván de la evolución” [3] a esta idea de que la evolución hace lo nuevo con lo viejo.

Quizás es a nivel molecular, como Jacob ha documentado extensamente, donde se manifiesta más claramente el carácter chapucero de la selección natural. Un ejemplo bastante conocido de bricolaje molecular es el fenómeno del reclutamiento, la utilización de secuencias viejas para funciones nuevas. Un caso asombroso de esto, es el de las cristalinas [4], las proteínas que forman la parte transparente de las lentes de los ojos. Se descubrió que en la mayoría de los casos estas proteínas tienen otra función. Por ejemplo, la cristalina alfa es una pequeña proteína de choque térmico y muchas cristalinas de pájaros, reptiles y otros animales tienen una actividad enzimática como la argininosuccinato liasa (cristalina δ) y la lactato deshidrogenasa (cristalina є). Son enzimas funcionales, que desempeñan una función central en el metabolismo, reclutadas o recicladas por el cristalino para fines estructurales, algo que resulta realmente sorprendente.

La metáfora del bricolaje evolutivo hace incapie en el papel de la contingencia y del azar en la evolución y subrayar los límites adaptativos de los seres vivos. El mundo vivo tal y como lo conocemos es sólo uno de entre los muchos mundos posibles. Los organismos son productos de la historia (son estructuras históricas en palabras de Jacob)  y constituyen el resultado del oportunismo de la selección natural que refleja la naturaleza de un proceso histórico lleno de contingencias. La estructura de la biosfera es en parte e producto de la particular historia del planeta Tierra. Como decía el malogrado Stephen Jay Gould, si rebobinásemos la “Cinta de la Vida” y la volviésemos a pasar, en esta segunda proyección quedaríamos sorprendidos con el contenido tan distinto de la película y horrorizados con su final: la no aparición del hombre.


[1] “La fecundación de las orquídeas” ha sido traducida y editada por primera vez en castellano en la Editorial Laetoli dentro su colección Biblioteca Darwin dirigida por Martí Domínguez.

[2] JACOB, F. (1977). Evolution and tinkering. Science. 196: 1161-1166.

[3] Este es el título que recibe una recopilación de textos de Jacob realizada por Andrés Moya y Juli Peretó y publicada por la Universitat de València en la colección Honoris Causa.

[4] PIATIGORSKY, J. Y G.J. WISTOW. (1989). Enzyme/ crystallins: gene sharing as an evolutionary strategy. Cell,. 57: 197-199.