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Ciencia, estado, medios y sociedad

Millones de euros de los fondos públicos se destinan cada año a mantener la actividad colectiva asociada al estado más egoísta: la ciencia. Se costean materiales (no muy asequibles) y sueldo de personal (que exige un retribución por los años invertidos en su formación) sólo para satisfacer, en el mejor de los casos, la curiosidad del investigador. Para justificar este flujo de dinero, el científico nunca dirá públicamente que su investigación no sirve para nada, al contrario, seguro que permite curar el SIDA, tres tipos de cáncer y es imprescindible para contrarrestar los efectos del cambio climático. La sociedad, hastiada de este tipo de información, asiente sin credulidad alguna; considerando que su dinero ha sido invertido al menos en un intento de solucionar grandes problemas de nuestro tiempo. Esta gran estafa de los científicos a la sociedad no le hace ningún mal a la ciencia pero tampoco ningún bien: nadie en España ha movido un dedo por el recorte de presupuestos destinados a I+D+I. La ausencia de respuesta nos indica una “actitud positiva” pero completamente desentendida y despreocupada.

El punto de partida de las tesis expuestas por algunos divulgadores es pura parafernalia y parte de la estafa: hagamos que el público comprenda que lo que estamos haciendo es bueno para ellos. Sin embargo, una evaluación cruda del destino del capital invertido por parte de la sociedad dejaría en pelotas a la misma ciencia básica. Todos sabemos que sin investigación básica no puede existir un elevado desarrollo técnico ni mucho menos aplicado. Un buen marco teórico trabaja en sintonía con la técnica del momento para su contrastación, pudiendo ser usado, si no es falsado, para obtener un mayor control de procesos que quizás puedan tener una aplicación. Hacer llegar esto a la sociedad debería ser una preocupación capital para el periodista científico. En el fondo, lo ideal sería poder transmitir esa fascinación por dilucidar la estructura fina de la realidad por el mero hecho de hacerlo o, como mínimo, lograr un respeto por esta actitud, sólo productiva en potencia, similar a otras de escasa vocación pragmática como lo son el arte y ciertos tipos de literatura. En la sociedad del mercantilismo y del pragmatismo esto supone impulsar un cambo radical de paradigma. Para ello tenemos que dejar de intentar “vender” la ciencia, adaptando un esquema motivado por la fascinación a otro motivado por el beneficio. Puede que sea el momento de tomar esa dirección y fomentar una buena cultura científica que otorgue valor a la ciencia por sí misma y reconozca que esta suele acabar devolviendo el dinero invertido. Sólo en este momento, podremos darle una minuta a la sociedad diciéndoles que su dinero se ha invertido en averiguar lo que pasó en los primeros segundos del Big Bang.

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  1. 21 diciembre, 2009 a las 20:12

    Lo malo es que a la gente le asusta la palabra "ciencia" de tal forma que cualquier cosa que lleve esa palabra de por medio no le hacen ni puñetero caso. Es más, cuando hablan en las noticias de nosotros, se refieren a "los científicos" como si fuéramos de otra raza, otro planeta o no hablásemos el mismo idioma.Así que sí, coincido en que se debería fomentar una buena cultura científica para que la sociedad comprenda algo mejor la importancia de esta.

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